Escritor Olvidado

En Honor A Un Escritor Olvidado En Las Celdas

Son las siete la mañana. El canto de un pájaro de pecho azul que posaba en mi ventana, me despertó. El sol empezó a calentar y era el preludio de un día diferente. No tenía nada planeado. Un sentimiento me alegría me atrapó. Tenia que hacer algo diferente. Así lo hice. Me levanté. Escribí. Y luego le propuse a mi esposa e hijos ir al museo de mi ciudad. el museo fue creado en 1883 y antes de ser un museo era un cuartel general del ejercito de mi país. Algo muy lamentable fue que mi esposa no quizo acompañarme pero mi hija muy entusiasmada me dijo; — Quiero ir contigo papá.

Comimos un delicioso desayuno. La mirada que había en mi hija era igual a la mía cuando mis padres decían que íbamos al museo. Mientras desayunábamos recordé que hoy era un día feriado. Mi hija entristeció pero no perdíamos la esperanza y llamé. Por fortuna hoy era un día de labor normal para ellos. El día cambió un poco. La lluvia empezaba a mojar el ambiente. Pero nada iba a detenernos en nuestra aventura al museo.

Después de manejar durante treinta minutos llegamos a nuestro destino. El día en esa parte de la ciudad era muy cálido. El Sol nos sonreía. Esperábamos un gran día. Llegamos a la puerta del museo. Normalmente tiene un costo de entrada pero esta vez era gratis. Estábamos de suerte. Un oficial, nos recibió con una gran sonrisa  y nos indicó por donde debíamos ir. Tomamos un mapa del museo y nuestra aventura empezó. Lo primero que vimos al entrar era un gran santuario de mariposas. Pequeñas y grandes; de colores, rojo, celeste y morado, volaban por los aires formando un Arcoíris en movimiento entre el verde y naranja de las plantas. Luego de pasar por ese paraíso natural nos dirigimos a las celdas del cuartel. Era un lugar preservado históricamente para recuerdo de los visitantes. Entramos al lugar. Mi hija estaba un poco asustada. Me miró como pidiendo afirmación. La tomé de la mano y continuamos. Fotos en las paredes con la información de lugares y personas, brindaban a los visitantes lo necesario para disfrutar y entender lo que estaban viendo. Era un lugar mágico. Mi hija muy entusiasmada, me dijo: —Papá. Gracias por traerme y compartir este día contigo. No me esperaba una aventura tan linda. Lamento que mamá no este aquí con nosotros.

—Ella se lo ha perdido—Le dije con una pequeña sonrisa en mi rostro. ¿Continuamos?

Era como si hubiéramos retrocedido en el tiempo. Y así fue. Estábamos ahí, en esas celdas. Las paredes guardaban las memorias de presos de hace cien o doscientos años atrás. Tenían marcas que parecían como si hubieran sido hechas con las uñas. De pronto algo llamó nuestra atención. Una frase en medio de dibujos. Era como si el alma de aquella persona que la escribió me hubiera hablado al oído para dirigir mis ojos hacía ella. Leí. Toque a mi hija en el hombro para que leyera la frase. En su mirada se reflejaba ese sentimiento que en ese momento dominaba mi mente. Saqué mi cámara fotográfica. Tenía que tomar una fotografía. Y mostrarla al mundo. Puse el lente en posición y cuando tenia listo el enfoque para el disparo. Una mano pesada, junto a  una voz ronca y poco amigable me dijo: — ¿No ha leído usted  que no se permite tomar fotografías en este lugar?.  Me sentí muy desilusionado. Bajé mi cámara y de inmediato le pregunté: —¿Por qué?  El grande y obeso guarda de seguridad se interpuso entre la frase y mi cámara de fotos sin decir una palabra. Ahí estaba como un vigilante al cuidado de un gran tesoro. Algo oculto que nadie podía observar.  Me olvide de eso. Bajé mi cabeza como en señal de rendición. Mi hija esperaba que luchara por tener la oportunidad de tomar esa fotografía. — No en este momento hija— Le dije desilusionado.

Mientras caminábamos por los otros pasillos, pude observar otras fotografías que tomaban vida en mi presencia. Las almas de aquellas personas que pedían ser recordadas llegaban a mi mente. Junto a ellas el recuerdo de aquella frase que tenia que ser publicada. En ese momento recordé y me dije: ” Estos presos no eran delincuentes.  Eran prisioneros de guerra. Personas que luchaban por sus derechos y vivían en contra de la maldad del ejercito.” —Eran  Campesinos, agricultores y todo aquel que defendía sus tierras y sus familias del ejercito que gobernaba.—Le dije a mi hija. Me miró como si estuviera loco. —¿Por qué dices eso papá?

—Hija— Le dije mirándola firmemente a los ojos.— Las personas que entraban a estas celdas normalmente eran personas que no sabían leer ni escribir.  Por lo tanto…

—¿Quién escribió la frase papá?— Me interrumpió emocionada.

—No se hija. Pero esa frase tiene que salir de este lugar y ser apreciada por otras personas.

Ahí estábamos de nuevo. Aquellos futuros delincuentes por desobedecer la ley del museo. Teníamos que tomar esa foto. El guarda de seguridad ya no estaba. Nos acercamos un poco más. No había nadie. Por suerte íbamos a poder lograr nuestro cometido.

Me incliné hasta llegar al oído de mi hija y le dije suavemente: — Esta vez, lo haremos. Pero tendré más cuidado. Lo haré con la cámara de mi celular.

Mi hija me miró con complicidad y asintiendo con la cabeza.

Metí la mano en mi bolsillo saqué mi celular como si estuviera leyendo un mensaje que recién había recibido. Preparé la cámara. Y me coloqué en posición. Un segundo me pareció una eternidad. Estaba muy oscuro en ese lugar. Una luz detrás de mí me impedía tomar una buena foto.  —Papá— Grito mi hija asustada. Al instante sentí que alguien me tomaba con fuerza apartándome. No estaba listo. Apenas pude tomar la foto.  No lo había logrado. Aquel guarda del museo, junto a otros dos más nos escoltaron a la salida. Mi hija estaba muy asustada. La gente nos observaba como si hubiéramos intentado robar los tesoros ahí expuestos.

Cuando estábamos fuera del museo nos sentamos en una banca. La brisa nos acariciaba como dándonos consuelo. Mi hija estaba asustada. Me miró y me dijo: —¿Lo logramos? —Una pequeña risa se dejo ver en su rostro.

—No sé. — Le dije mirando a mi celular—Antes de que pudiera tomar la foto el guarda de seguridad me tomó el brazo. veamos.

Saqué mi celular. Ahí estaba la última foto. Y la frase que decía:

[su_quote cite=”M.D.V”]“Es mi vida tan amarga que sufrir casi no puedo pero a Dios le pido que al llevarla me de paciencia y un consuelo.” [/su_quote]

—¡Lo logramos!— Me dijo mi hija con una gran sonrisa en su rostro.

Aquel escritor ya no es un desconocido que murió en una celda. Aunque no se su nombre dejó sus iniciales.

Definitivamente hoy fue un día especial. Un día muy diferente. Una aventura en las celdas del museo.

Fin

Sobre el Autor Jonathan

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